
El discurso de Axel Kicillof sobre la necesidad de construir «desde las bases» choca contra esta realidad de aparato.
El peronismo sufre una fractura de representación terminal. La rosca cupular, asfixiando a las bases territoriales, dinamitó la mística histórica. La reconstrucción exige abandonar el mero acuerdo de cúpulas. Urge un armado genuinamente territorial y horizontal, donde los consensos nazcan de la militancia y no de la lapicera ajena al territorio.
El recorrido reciente expone esa deriva. En 2015, la apuesta por Daniel Scioli buscó el centro moderado, pero dejó al espacio fuera del poder. En 2019, la ingeniería política impuso a Alberto Fernández, una fórmula de consenso que devino en frustración de gestión y división interna. En 2023, la candidatura de Sergio Massa reflejó el pragmatismo límite: la cúpula apeló a una figura ajena a la identidad histórica del espacio para evitar el colapso.
Esa dinámica de escritorio no quedó confinada a la política nacional. En intendencias y consejos deliberantes se reprodujo la misma lógica descentrada. Las listas locales pasaron a definirse por amiguismo, conveniencia o repartos de poder entre dirigentes. El trabajo territorial de las unidades básicas fue desplazado por la lapicera de los acuerdos cerrados.
El discurso de Axel Kicillof sobre la necesidad de construir «desde las bases» choca contra esta realidad de aparato. Resulta contradictorio proponer una renovación conceptual mientras las candidaturas locales se resuelven en mesas chica. La militancia exige espacios reales de participación para validar los liderazgos en las urnas.
Sin democracia interna ni recambio auténtico, la desconexión con el territorio seguirá profundizándose. El peronismo enfrenta la urgencia de abandonar la pura rosca de cúpula si pretende reconstruir la confianza social y volver a enamorar a sus votantes.